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jueves, 7 de octubre de 2010
Vargas Llosa y el Nóbel
Isabel Allende llevaba años esperando el Premio Nacional de Literatura, y Vargas Llosa el Nóbel. Ambos eran eternos candidatos. El Nóbel otorgado hoy a Vargas Llosa responde a una lógica menos mesquina que el Premio Nacional de Isabel Allende. Por supuesto, el Nóbel tiene un alcance mucho mayor. Además, Allende no es Llosa. Aun así, no puedo dejar de asociar ambas premiaciones, aunque sea para subrayar sus diferencias.
Tengo un recuerdo en mente: viajaba con una amiga vasca por Perú, Bolivia y Chile. A ella le resultó natural descubrir a novelistas locales tragando dos de esas novelas de lectura compulsiva. Digo, lectura compulsiva ante la curiosidad por la trama y, en mi caso al menos, porque uno sabe que a ratos es un placer culpable, como las novelas policiales de Ampuero y las pirotecnias de Rivera Letelier. Me refiero a La casa de los espíritus y La tía Julia y el escribidor. Para esta amiga ambas novelas eran tragicómicas, placenteras y apropiadas para un viaje surcando los Andes en buses añejos, por rutas de tierra y antiguas urbes coloniales -en buen francés, c'était folklo.
Claro está, decimos que Allende no es Llosa, y para ello basta con mencionar la Conversación en la catedral, obra que puede gustar o no, pero que es indudablemente una gran lección de estilo y de análisis de una sociedad.
En ese sentido, las confusas posturas de Vargas Llosa en política, muchas veces contradictorias con su obra, me permiten una última reflexión, que sí atañe a ambos escritores, y que concierne a muchos novelistas, como el actual embajar chileno en París, Jorge Edwards: cómo la postura política de un autor influye en las lecturas de su obra. Decimos "postura política" por no decir oportunismo. Sobre todo cuando los artistas latinoamericanos del siglo XX (incluyendo a los tres mencionados) han vibrado unísonos con los sueños de la izquierda.
Y pensar que hoy en Chile gobierna la derecha, y que la extrema derecha triunfa con pompa en Suecia... Estos galardones, como dijo hoy el argentino Alan Pauls, premian antes una personalidad (un contexto) que una obra. Aunque la obra tenga todo el mérito imaginable.
jueves, 2 de septiembre de 2010
Isabel Allende y su obtención del Premio Nacional de Literatura
Llevamos un tiempo ya de polémica en torno al merecimiento o no del Premio Nacional de Literatura por parte de Isabel Allende. Hoy lo obtuvo y no puedo negar cierta incomodidad.
En pocas palabras, y como suele suceder con el premio, incomoda la sensación de que el escritor se beneficia (o es víctima, según el filo de la espada) de un tema político, y que al fin y al cabo es la Literatura (personalizable como realidad para quienes nos dedicamos a ella) que pierde ante la confusión entre la obra y su alcance en la sociedad. Más allá de indicar si la obra de Isabel Allende vale o no vale, lo que incomoda es que sea usada como un instrumento. En este sentido, otorgar el premio (y el dinero que el Estado, que atribuye a vida recursos de los habitantes de Chile) a otros escritores pudo tener más sentido. Pero, por otro lado, no tendría el efecto político que implica que un gobierno de derecha lo remita a una escritora que es asociada a la izquierda, subrayando así la pretendida independencia de pensamiento de los gobernantes.
Mi incomodidad se ve acrecentada, claro está, por la imagen de Isabel Allende, radicada en EEUU, recibiendo el premio vía imagen satelital y, entre lágrimas, vilipendiando a sus detractores, ante la sonrisa cremosa de guagua característica de Joaquín Lavín, actual ministro de educación y eterno presidenciable en fracaso.
Hay cierto paralelo populista con la intervención del actual Presidente Piñera con respecto a la construcción de una central termoeléctrica en Punta de Choros. Es inevitable pensar en la obtención del mismo premio por parte de Raúl Zurita, gesto que participó de una imagen corrupta. Son definitivamente dos estilos comunicacionales diferentes.
martes, 8 de junio de 2010
"Existe un salto entre las imágenes y las palabras" - Entrevista a Anthony Browne
Nace en Sheffield, Inglaterra, el 11 de septiembre de 1946. Es considerado uno de los principales ilustradores de libros infantiles.
La siguiente entrevista fue realizada y traducida del inglés por Pablo Fante.
Pablo Fante - ¿Cómo fue tu formación y la creación de un estilo personal como ilustrador?
Anthony Browne - Estudié diseño gráfico, pero no lo disfrutaba y no era tan bueno. Aprendí un poco sobre cómo comunicar con imágenes, pero odiaba la publicidad. Después de al escuela obtuve un trabajo como ilustrador médico, observando operaciones y luego pintando ilustraciones explicativas para estudiantes en medicina. Con esto aprendí muchísimo sobre cómo dibujar con precisión y sobre el uso de colores en acuarela, pero también algo sobre contar historias complejas con imágenes. Posteriormente, diseñé tarjetas de felicitaciones, experimentando con muchos estilos y tomando conciencia de la audiencia de mi trabajo.
Mi estilo como ilustrador de libros álbum debe mucho a estas experiencias pero, de muchas maneras, sigo haciendo dibujos como lo hice de niño, usando palabras e imágenes que cuentan historias juntas.
Pablo Fante - ¿Cómo dialogan en tus libros las ilustraciones con el texto?
Anthony Browne - Idealmente, existe un salto entre las imágenes y las palabras, un salto que es completado por la imaginación del lector. Intento estar seguro que las palabras no sólo nos cuentan lo que las imágenes muestran, y que las imágenes no sólo muestran lo que las palabras nos cuentan. Me gusta incluir detalles en las imágenes que suelen decirnos mucho más que el texto -cómo alguien se siente, lo que se está pensando o quizá una pista de lo que ocurrirá luego.
Pablo Fante - Has ilustrado y adaptado algunas historias populares, como Alicia en el país de las maravillas o King-Kong. Asimismo, haces referencias a otras historias, como la Caperucita Roja en tu libro El túnel. ¿Cómo funciona esta reescritura en imágenes o palabras?
Anthony Browne - Muchas veces me refiero a otras historias para intentar decir más de la historia principal. Suelo incluir pinturas, personajes ficticios o imágenes de la cultura popular que puedan sugerir capas alternativas a mi texto. No es realmente importante si el lector reconoce solo las referencias originales, mientras las imágenes/pistas funcionen en el contexto de la historia. Estoy decidido a no incluir guiños explícitos para el adulto. Si luego el niño ve una pintura a la que hice referencia, entonces me gusta la idea que la reconozca como algo que vio antes en un contexto de fácil acceso -un libro álbum.
Pablo Fante - Has dedicado parte de tu creación al universo de los simios. ¿Qué representan?
Anthony Browne - Representan diferentes cosas en diferentes libros, y cosas diferentes para personas diferentes. Representan lo que sea que el lector piensa que representan. Supongo que para mí representan sobre todo aspectos de nosotros mismos.
Pablo Fante - Cuéntanos quién es Willy y lo que el sueño representa para él.
Anthony Browne - Parece que Willy es universal, muchos niños (y adultos) se identifican con él. Hasta un cierto punto es el niño que yo fui. Crecí con mi hermano, que es un año y medio mayor que yo. Durante nuestra infancia competíamos en todo, pero no importa cuánto lo intentaba jamás logré vencerlo -¡en nada! Podía correr más rápido que yo, vencerme en una pelea, jugar mejor fútbol y leer libros más rápido. Terminé aceptando esta situación, pero no por eso dejé de seguir intentándolo. Willy es un chimpancé que vive en un mundo de gorilas y todos parecen más grandes, fuertes, mayores e importantes que él. Muchos niños lo sienten así.
Pablo Fante - ¿Cómo te explicas la presencia de la soledad en tu obra?
Anthony Browne - No fui un niño solitario: buena parte de mi infancia la pasé con mi hermano, Michael. Mis padres fueron amorosos y cuidadosos, y la mayor parte del tiempo me sentí seguro y protegido dentro de una familia amplia. Quizá por eso sentía intensos sentimientos de soledad en las escasas ocasiones en que estaba solo, aunque no estoy completamente convencido de esto. Siempre he sentido simpatía por el "perdedor" -por el niño que no es astuto, o deportista o atractivo, y que por ello puede no tener amigos.
Entrevista por Pablo Fante, publicada en Boletín CRA, n. 54, mayo de 2010, Santiago, MINEDUC.
Sobre las ilustraciones
Las ilustraciones han ido cobrando una importancia cada vez mayor en los libros, al punto que hoy en el libro álbum son el elemento fundamental. A través de un lenguaje visual propio, comunican, cuentan historias, sentimientos, sensaciones. El mismo arte de la historieta sitúa a las ilustraciones en la frontera de lo que se dice con palabras o con imágenes. Ambos lenguajes pueden actuar independientes o enriquecerse mutuamente. El retrato ilustrado de un personaje nos puede informar acuciosamente sobre su personalidad, sus costumbres, su humor. Todas estas ventajas de la ilustración la convierten en un vehículo fascinante a la hora de acercar los libros a los niños.
En Chile, se le da cada vez mayor espacio a los ilustradores. Durante el siglo XX los ilustradores chilenos encontraron un espacio en revistas o acompañando a un autor. Hoy, muchas veces se han vuelto autores de libros para niños y adultos que gravitan primeramente en torno a sus ilustraciones.
Publicado por Pablo Fante en Boletín CRA, n. 53, abril de 2010, Santiago, MINEDUC.
viernes, 4 de junio de 2010
La familia: primer protagonista hacia el gusto de leer
(Ensayo de Pablo Fante publicado en Leamos juntos, Santiago, MINEDUC, 2009)
1. Una herencia lectora familiar
Las lecturas son una herencia. Un joven lector apoyado por su familia es un árbol que, fértil, extiende sus ramas al viento y hacia nuevos rumbos, pero que se abreva al mismo tiempo en sus raíces. Ese árbol es nuestra cultura: una herencia que florece en aires nuevos y cuyo profundo origen vamos siempre redescubriendo. La lectura, por ello, brota de la herencia cultural que se otorga en el hogar. Dialoga con el lenguaje propio de cada familia, con sus frondosas variantes regionales. Así, el niño o niña vive rodeado por un bosque de lenguaje oral y de experiencias, y todo contribuye a volver natural el ejercicio de leer el mundo.
Las personas adultas son un modelo de lectura para las más jóvenes porque propician que la lectura sea un elemento esencial del ambiente cotidiano, y porque inspiran en la niña o niño una admiración cargada de afecto. Toda la familia participa del gusto por la lectura. Pero no olvidemos que cada hogar es diferente: el modelo de lectura puede ser tanto la madre o el padre como la abuela, un hermano, una prima o cualquier persona cercana al hogar que suscite una relación afectiva. Asimismo, ante la carencia de un modelo familiar, el coordinador CRA también ha de actuar como modelo de lectura. El fomento lector involucra a toda la familia, sea cual fuere la edad.
2. Leer la voz
Los padres son el primer maestro de sus hijos: muchos de los buenos lectores recuerdan haber integrado la lectura en el hogar, a edad temprana y con sus madres.[1] Descubrimos el lenguaje en el hogar. Por ello, la familia es el primer agente de aprendizaje: con ella pronunciamos las primeras palabras. Puede entonces motivar la lectura a través de variadas acciones: leyendo carteles, descubriendo los libros álbum, comentando fotografías. Lo esencial está en el estímulo. Como señala Graciela Bautista, de la Fundación Lectura Viva: “El contacto con la poesía desde los cero meses desarrolla más la sensibilidad. Al bebé hay que hablarle. Él escucha palabras, sonidos. Percibe muchas cosas a través de sus sentidos: aprende a leer el mundo. Y los adultos también aprenden del bebé: leen al bebé.[2]
En ese sentido, la lectura compartida entre un adulto y un niño es esencial. El texto escrito es un tradicional depositario de memoria, pero no es el único medio que vehicula la información. Antes que él existe la palabra, el gesto, el afecto hacia el narrador de cuentos. La oralidad está en la base de la lectura. El adulto, al colaborar con una niña o niño en la experiencia literaria, enseña el valor de la palabra y comparte sus propias fantasías.
Por lo mismo, la lectura en voz alta por el padre o la madre otorga la calidez propia de la relación parental. Y esto es reforzado por la calidez física. No olvidemos el paso de nuestros soplos por nuestras cuerdas vocales, la lengua, la boca: el instrumento musical de nuestros cuerpos. Al hablar, circula un viento oxigenado por nuestras cavidades, agitando luego las ondas del aire con la exhalación que llamamos voz. Cuando el padre o la madre lee a sus hijos en voz alta, devuelve el texto a la riqueza sonora del cuerpo y brotan nuevas emociones. La lectura adquiere la calidez de la voz, la tibieza del soplo, la profundidad del pecho.
Adquiere también las inflexiones –la música propia a cada idioma. Nuestro castellano, acentual, es rico en ritmos. Una lectura oral que insiste en los ritmos será siempre agradecida. Logrará en los niños, como reza la aliteración de San Juan, “un no sé qué que quedan balbuciendo”. El ritmo imprime en la memoria la sensibilidad del idioma. Y es asimismo un juego. La familia puede jugar con el niño o niña a leer, aunando lenguaje y musicalidad. Y teatro. Porque un texto bien comprendido se actúa: se le da una dimensión física, a través del tacto y los gestos, del rostro que al moverse también profiere. El cuerpo que se despliega se vuelve signo, letra móvil.
3. A leer se aprende
Aprender a leer, entonces, comienza desde el primer acercamiento al lenguaje –de una imagen o de palabras. Se alcanza más tarde el lenguaje decodificado –la escritura. Interviene, por último, el análisis y la formación de un lector crítico. La familia guía a cruzar el umbral hacia la lectura y luego sigue presente en la aventura de recorrer tan vasta morada, abriendo ventanas hacia nuevas lecturas. Trabajo de exploración que a largo plazo es mutuo: enseñando, la familia se retroalimenta de lo leído y también aprende. El estímulo de la lectura en la familia nutre a todos. Y las lecturas se vuelven cada vez más vastas, claras y placenteras
Aprendemos siempre, por capas sucesivas, acumulando lecturas. Estas lecturas dialogan entre sí gracias a nuestra memoria y se enriquecen unas a otras. Pensemos en el árbol que mencionamos al principio de estas líneas. El placer de la lectura está asociado tanto al reconocimiento de una manera de escribir (gracias a nuestras raíces), como al descubrimiento de lo nuevo de esa escritura (nuestras fértiles ramas de interpretaciones). Es decir, nos adaptamos a las diferentes maneras en que están escritos los textos, y éstos se nos vuelven más placenteros porque nos sentimos seguros en la lectura y, sin embargo, abunda la novedad.
A leer se aprende: es un proceso. La familia inicia este proceso y se encarga de mantenerlo en el tiempo. Porque, claro está, la aventura literaria también conoce fracasos. Pensemos en una obra exigente, que podría descorazonar a muchos lectores. Quizá la mayor dificultad y el mayor placer al leer el Ulises de Joyce es sentir que la obra exige una pluralidad de lecturas. Es decir, que debemos leerla de maneras muy variadas, asumiendo que una novela encierra múltiples novelas, cada una de ellas escrita a su manera. En ese sentido, la familia debe asegurar con paciencia los cimientos lectores. La autonomía del niño o niña es posterior. En un primer momento, la familia acompaña el proceso de aprender: sigue los avances del hijo o hija, animando a ampliar la diversidad de lecturas.
Porque, como indica un estudio de Morawski y Brunhuber, los lectores eficientes poseen un control interno sobre lo que leen y participan apasionadamente del aprendizaje.[3] En efecto, leer es saludable para el pensamiento porque exige ser activo: exige sentir que podemos intervenir, en diálogo directo con el pensamiento que encarna, y, por qué no, incluso con su estilo. Es decir, sentir que damos la mano a la idea, en apretón de sentidos. El texto seduce: hay que bailar con él. Porque sentimos y damos sentido al mundo al leer. El lenguaje, al leer, es el mundo. Somos responsables de actuar al beber lenguaje, pues damos al texto tantos sentidos como de él recibimos.
Cualquier tipo de placer presupone una iniciación: implica una educación de los sentidos y saber comprender los deseos propios y del otro. La familia es fundamental para esto. Mientras más un niño oye o ve lecturas en el hogar, más desarrolla su sensibilidad y su deseo de interpretar conscientemente el mundo. Por ello, la lectura se enriquece cuando existe en una familia un uso vasto del lenguaje oral y, también, cuando el niño se acostumbra al uso de la lengua para formular ideas y analizar el mundo. Esto se completa con la lectura de imágenes en el cine, con la compresión de un discurso radial o del lenguaje musical. Al desarrollar desde temprana edad una curiosidad de comprensión en diálogo con el mundo adulto, se crece con una mayor exigencia: con una mayor capacidad crítica.
La familia que construye buenos lectores forma a una persona convencida de su derecho de cuestionar e interpretar el mundo según sus experiencias, con posturas variadas –actitud necesaria para seguir aprendiendo siempre. Este placer al leer está relacionado con el contacto personal con la lectura y el libro. En ese sentido, el hogar es un espacio privilegiado.
4. El libro en el espacio personal
La familia actúa en espacios personales. Como explica Mircea Eliade [4], en nuestra representación del mundo algunos lugares son centrales. En especial nuestro hogar, que constituye un núcleo sagrado y nos permite situarnos en el mundo. Allí, nos rodean los seres y los objetos más cercanos. Por ello, los libros deben estar presentes: ser materia cotidiana. En un hogar, el libro es parte de los implementos materiales, junto a la mesa donde comemos, el lecho en que soñamos: el libro nutre con imágenes e ideas los sueños. Como dice Borges:
De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.[5]
El libro es un objeto. Pero, denso enramado de letras, es más que eso. El libro es un depositario de información: un resguardo cultural. Y, al mismo tiempo, con su vendaval de sugestiones, un convite al viaje de la imaginación. Cuando un libro ingresa al espacio privado del hogar de una niña o niño, se vuelve un objeto personal. En este caso, el placer lector emana de una iniciativa y un compromiso personales con lo leído y está listo para otorgar toda su riqueza. La familia es el primer protagonista para hacer posible este gusto por leer.
[1] MORAWSKI, Cynthia, BRUNHUBER, Barbara. "Early Recollections of Learning to Read: Implications for Prevention and Intervention of Reading Difficulties”. Reading Research and Instruction, v. 32, n. 3, 1993, p. 35-48.
[2] Entrevista realizada por CRA, abril 2008.
[3]MORAWSKI, Cynthia, BRUNHUBER, Barbara. Op. cit., p. 35-48.
[4]ELIADE, Mircea. Lo sagrado y lo profanoBarcelona, Paidós, 1998.
[5]BORGES, Jorge Luis. “El libro”. Conferencia pronunciada en la Universidad de Belgrano el 24 de mayo de 1978, publicada al año siguiente en el libro Borges oral, Buenos Aires, Emecé Editores / Editorial de Belgrano.
Por qué leemos, según Armando Uribe Arce
"¿Por qué se lee?
Además de para aprender lo que no se sabe, pienso que hay múltiples motivos: para adentrarse en realidades más reales e interesantes que las corrientes. Incluso en realidades del inconsciente a través de fantasías y metáforas; también para evadirse por un tiempo de las abominaciones del tiempo de los relojes; o bien para encontrar los elementos de la vida y la experiencia, embellecidos por el arte; asimismo para contrarrestar la vida real y efectiva, con una vida más poderosa que aquélla; finalmente para matar el tiempo... ¿por qué no?
¿Y cómo se forma un lector?
Simplemente leyendo."
URIBE ARCE, Armando, De memoria. By heart. Par cœur. (Después de Memorias para Cecilia), Santiago, Tajamar, 2006, p. 189.
La música y la lectura
Si se trata de extender nuestra visión de la literatura, un sector que a todos nos llega, de manera digamos “epidérmica” (tanta es su fuerza), es la música popular. Comentemos a continuación su extenso y corpóreo alcance.
Una de las manifestaciones más claras de identidad entre los adolescentes hoy es la música popular (e, intrínsicamente, el baile). La música, a diferencia de la literatura, es etérea e inmediata: uno puede escucharla en cualquier lugar, de manera pasiva (sin necesidad de traducirla en ideas para que sea placentera), sintiéndose rodeado por ella (así sucede con las personas que escuchan música con audífonos y se aíslan del mundo). Es el mismo efecto “pasivo” que puede producir la televisión, con la diferencia que la música puede ser llevada a todos los lugares sin exigirnos la observación atenta de una imagen –en ese caso, hace parte de todos los espacios cotidianos, porque nos permite deambular. Además, la música popular produce una reacción corporal: el baile.
Otro factor fundamental en el rol de identidad que genera la música popular hoy es su discurso. Salvo raras excepciones, la música popular es cantada (da protagonismo a la voz humana y al lenguaje). La voz es una emanación de nuestro cuerpo. En ese sentido, es interesante analizar la voz como un instrumento. Al igual que un instrumento de viento, nuestra voz depende de un generador de soplo (los pulmones, en diálogo con el músculo del diafragma) y de diversos elementos resonantes (cuerdas vocales, la cavidad bucal, las fosas nasales). Aunque no nos volvamos todos especialistas en técnicas vocales, es sumamente interesante tomar conciencia del músculo del diafragma, para no desgastarnos la voz. Cuando respiramos profundo, utilizando la parte inferior de los pulmones, controlamos el diafragma y producimos un tronco de aire más firme, lo que da mayor apoyo a la voz y le permite sonar con mayor continuidad y menor desgaste. También es interesante estar conscientes de los efectos de nuestra voz hacia fuera, y cómo vibra nuestro cuerpo cuando hablamos.
Con relación al discurso llegamos a la literatura. Es evidente que las letras de canciones son, de una manera particular, literatura. Claro está, la composición de letras es particular, porque se adapta a la estructura musical. En particular, se adapta al ritmo: la música popular de origen anglosajón, que ha invadido al mundo desde hace décadas como consecuencia de la globalización, está basada en un ritmo repetitivo marcado por la percusión (o una máquina), o, en inglés, beat (golpe, latido, compás). Como ejemplo, The Beatles alteraron el nombre de un insecto, el escarabajo (beetle, para que se pronuncie igual, y se lea la palabra beat. Sobre este ritmo marcado se desarrolla la melodía, con estructuras por lo general de estrofa y coro. Se trata pues de un formato breve, fácil de reconocer, integrar y disfrutar para un público ya acostumbrado. Dentro de ese marco, la música popular se permite un sinfín de variaciones: diversos instrumentos o sonidos electrónicos; diversas melodías; y, sobre todo, diversos discursos.
Tomemos dos ejemplos de música popular, algo relacionados entre sí. Desde ya, el últimamente popular reggaetón: utiliza un beat electrónico sumamente marcado (bailable), con ritmos latinoamericanos, técnicas del “pregón” cubano o ritmos jamaicanos, todo esto unido al discurrir del rap (técnicas de canto con énfasis en el ritmo). Asimismo, el rap (o hip-hop) es un excelente ejemplo, pues se trata de una música discursiva, que desarrolla un discurso casi hablado, con un juego extenso de inflexiones de la voz, hallazgos rítmicos. En Chile, se le asocia a veces con la poesía popular debido a su capacidad de improvisación. La diferencia, claro está, es que el rap ha llegado a Chile directamente importado del mundo anglosajón.
De esta forma, es importante valorizar el lenguaje oral: desde la poesía hasta la voz callejera actual del rap u otros estilos, como ha sido hecho recientemente en la obra Lira, Cinco historias sobre poetas pobres, en torno a la lira popular chilena, montada por el dramaturgo Mauricio Moro con el Teatro La Borja. Aparece en ella Juan Bautista Peralta (1875-1933), poeta popular, analfabeto y ciego, recientemente publicado por la DIBAM. La obra pone en escena una anacrónica y sorpresiva improvisación de rap en boca de los poetas de la lira popular, actualizando sus octosílabos romanceados.
En relación a los jóvenes, es de notar que el mundo privado de un adolescente se construye con respecto a sus gustos personales. Un adolescente necesita sentir que se construye una identidad propia, que es reconocida y valorada: es decir, que la sociedad reconoce la validez de sus gustos.
Los diversos discursos transmitidos por la música generan la identificación con posiciones contestatarias, con experiencias o sueños amorosos y eróticos, con mundos imaginarios. Estos discursos, cuando son sistemáticos, participan del fenómeno social que llamamos “tribus urbanas”.
Una de las manifestaciones más claras de identidad entre los adolescentes hoy es la música popular (e, intrínsicamente, el baile). La música, a diferencia de la literatura, es etérea e inmediata: uno puede escucharla en cualquier lugar, de manera pasiva (sin necesidad de traducirla en ideas para que sea placentera), sintiéndose rodeado por ella (así sucede con las personas que escuchan música con audífonos y se aíslan del mundo). Es el mismo efecto “pasivo” que puede producir la televisión, con la diferencia que la música puede ser llevada a todos los lugares sin exigirnos la observación atenta de una imagen –en ese caso, hace parte de todos los espacios cotidianos, porque nos permite deambular. Además, la música popular produce una reacción corporal: el baile.
Otro factor fundamental en el rol de identidad que genera la música popular hoy es su discurso. Salvo raras excepciones, la música popular es cantada (da protagonismo a la voz humana y al lenguaje). La voz es una emanación de nuestro cuerpo. En ese sentido, es interesante analizar la voz como un instrumento. Al igual que un instrumento de viento, nuestra voz depende de un generador de soplo (los pulmones, en diálogo con el músculo del diafragma) y de diversos elementos resonantes (cuerdas vocales, la cavidad bucal, las fosas nasales). Aunque no nos volvamos todos especialistas en técnicas vocales, es sumamente interesante tomar conciencia del músculo del diafragma, para no desgastarnos la voz. Cuando respiramos profundo, utilizando la parte inferior de los pulmones, controlamos el diafragma y producimos un tronco de aire más firme, lo que da mayor apoyo a la voz y le permite sonar con mayor continuidad y menor desgaste. También es interesante estar conscientes de los efectos de nuestra voz hacia fuera, y cómo vibra nuestro cuerpo cuando hablamos.
Con relación al discurso llegamos a la literatura. Es evidente que las letras de canciones son, de una manera particular, literatura. Claro está, la composición de letras es particular, porque se adapta a la estructura musical. En particular, se adapta al ritmo: la música popular de origen anglosajón, que ha invadido al mundo desde hace décadas como consecuencia de la globalización, está basada en un ritmo repetitivo marcado por la percusión (o una máquina), o, en inglés, beat (golpe, latido, compás). Como ejemplo, The Beatles alteraron el nombre de un insecto, el escarabajo (beetle, para que se pronuncie igual, y se lea la palabra beat. Sobre este ritmo marcado se desarrolla la melodía, con estructuras por lo general de estrofa y coro. Se trata pues de un formato breve, fácil de reconocer, integrar y disfrutar para un público ya acostumbrado. Dentro de ese marco, la música popular se permite un sinfín de variaciones: diversos instrumentos o sonidos electrónicos; diversas melodías; y, sobre todo, diversos discursos.
Tomemos dos ejemplos de música popular, algo relacionados entre sí. Desde ya, el últimamente popular reggaetón: utiliza un beat electrónico sumamente marcado (bailable), con ritmos latinoamericanos, técnicas del “pregón” cubano o ritmos jamaicanos, todo esto unido al discurrir del rap (técnicas de canto con énfasis en el ritmo). Asimismo, el rap (o hip-hop) es un excelente ejemplo, pues se trata de una música discursiva, que desarrolla un discurso casi hablado, con un juego extenso de inflexiones de la voz, hallazgos rítmicos. En Chile, se le asocia a veces con la poesía popular debido a su capacidad de improvisación. La diferencia, claro está, es que el rap ha llegado a Chile directamente importado del mundo anglosajón.
De esta forma, es importante valorizar el lenguaje oral: desde la poesía hasta la voz callejera actual del rap u otros estilos, como ha sido hecho recientemente en la obra Lira, Cinco historias sobre poetas pobres, en torno a la lira popular chilena, montada por el dramaturgo Mauricio Moro con el Teatro La Borja. Aparece en ella Juan Bautista Peralta (1875-1933), poeta popular, analfabeto y ciego, recientemente publicado por la DIBAM. La obra pone en escena una anacrónica y sorpresiva improvisación de rap en boca de los poetas de la lira popular, actualizando sus octosílabos romanceados.
En relación a los jóvenes, es de notar que el mundo privado de un adolescente se construye con respecto a sus gustos personales. Un adolescente necesita sentir que se construye una identidad propia, que es reconocida y valorada: es decir, que la sociedad reconoce la validez de sus gustos.
Los diversos discursos transmitidos por la música generan la identificación con posiciones contestatarias, con experiencias o sueños amorosos y eróticos, con mundos imaginarios. Estos discursos, cuando son sistemáticos, participan del fenómeno social que llamamos “tribus urbanas”.
Leer en la pantalla digital: nuevos lectores
En los tiempos que corren, tenemos que saber manejar los métodos de lectura y escritura digitales. Según una cuesta realizada por Adimark y EducarChile entre 2004 y 2008, 96% de los alumnos se conecta a al red con cierta regularidad.
Existe una polémica en torno a la lectura digital: ¿puede un e-book reemplazar a un libro material? La respuesta es simple: leemos de manera diferente en la pantalla, materiales diferentes, con objetivos diferentes. Es simplemente otra manera de leer. Eso implica que el libro no va a desaparecer. En cambio, sí están apareciendo nuevas formas de lectura, propias de la red. Lo mismo ha sucedido con los diarios: siguen siendo publicados en papel, pero muchos lectores reemplazaron la lectura rápida en el mesón de un café por un rápido vistazo en la pantalla. Las ediciones digitales de la prensa entregan informaciones cortas, minuto a minuto, pero no implican artículos largos, simplemente porque se trata de otro ritmo de lectura determinado por el formato.
Un excelente ejemplo es que hoy hay jóvenes que producen sus propios libros y que logran distribuirlos masivamente a través de la edición gratuita en la red. Son lecturas muchas veces por entregas. En ese sentido, existen los “fanfic”, novelas escritas por “fans” de alguna saga conocida, como Harry Potter o El señor de los anillos. Los “fans” alteran la narración, imaginan la novela a su gusto, prolongan zonas ocultas, se centran en personajes secundarios. En Chile, el caso más conocido es Francisca Solar, que pasó de su propia versión digital de la quinta parte de Harry Potter a publicar masivamente con al editorial Mondadori. Es un excelente ejemplo del diálogo entre la publicación espontánea y gratuita en la web, por parte de una joven anónima, hacia la publicación tradicional, con un objetivo comercial directo liderada por una casa editorial.
Los jóvenes hoy viven en un mundo interactivo. Por lo mismo, tienden a la rapidez. La novela decimonónica exige una lectura atenta y un espíritu de fantasía. La novela digital, en cambio, es rápida. Ambos tipos de lectura hoy conviven y se potencian (no son en ningún caso antagonistas ni problemáticos). Lo importante es poder integrar ambos en la dinámica lectora. Para las generaciones que nacieron en un mundo (casi) sin computadores, los llamados “inmigrantes digitales” (en contraste con los “nativos digitales”), esta situación requiere un esfuerzo de adaptación y de apertura permanente ante las nuevas manifestaciones lectoras. Indirectamente, esto se parece a la sempiterna batalla entre antiguos y modernos, pero en relación a clásicos (a veces clásicos recientes…) y autores “nativos” digitales (modernos).
Literatura a tajo abierto
La literatura, de manera general, es asociada con sus géneros: poesía, novela, cuentos. Además, solemos leer y no sólo presenciar las obras de teatro. En nuestro siglo XX, estos géneros se han diversificado y el público (nosotros) ya no los distingue de manera estricta. Las expectivas del público ya no son las mismas. Por ejemplo, existe el poema en prosa y la prosa poética, con fronteras difíciles de atrapar. El teatro abandonó casi sistemáticamente el verso métrico y tomó el gusto de desfigurar las palabras. Y la prosa, forma hoy triunfante, se permite a veces osadas descripciones psicológicas que a los griegos bizantinos hubieran parecido extrañas.
Además, hoy en día tiene éxito el género del ensayo. Pero ya al hablar de ensayo sentimos que nos alejamos de lo comúnmente llamado literatura. ¿La razón? Nos alejamos de la ficción. Históricamente, se asoció la ficción a la poesía porque la Odisea, la Eneida o la Araucana son inequívocamente ficciones en verso –lo mismo ha sucedido con el teatro versificado–; y porque, en la época moderna, se ha leído la poesía como la ficción de un “yo” lírico (como si alguien hablase sobre su vida) o, más cerca del simbolismo, como la voz misma del lenguaje –que se convierte así, extrañamente, en un personaje literario por sobre el “yo” lírico.
Pero leer no es sólo leer ficción. Una visión amplia de la literatura es todo lo que atañe a las “letras”. Así, toda escritura implica traducir el mundo en palabras y recrear, con el lenguaje, objetos, acciones, ideas, sentimientos. Esto sucede no sólo con la ficción. Desde ya, leemos cartas o mails (de hecho hoy es uno de los formatos de escritura más usuales). No olvidemos que existe en literatura el género epistolario (a los escritores decimonónicos, como a Stendhal, les encantaba imaginar cartas de enamorados). Asimismo, leemos manuales de uso, leemos recetas, leemos señalizaciones o leemos publicidad.
Tomemos otro ejemplo. Es evidente que también leemos la publicidad. ¿Cómo recuperar la publicidad cotidiana? Constituye ésta una serie de discursos, que, en principio inconexos, absorbemos e integramos en el día a día, sobre todo en el contexto urbano. Considerando que vivimos con ella queramos o no, si no puedes contra el otro, mejor únetele. Decimos esto con humor, para dar a entender que la masa de mensajes visuales y sonoros que nos rodean son un excelente material para la literatura y la lectura. La publicidad bien realizada puede trascender su objetivo comercial gracias a ideas ingeniosas, un tratamiento estético eficaz y un discurso sumamente cuidado, considerando que todo sucede rápido y que se debe captar la atención del público de inmediato. Así, el poeta chileno Manuel Silva Acevedo trabajó durante años en publicidad, donde se reconocía su capacidad para “apretar” el lenguaje.
Si todo lo que nos rodea puede ser literatura, la novela constituye uno de los mejores ejemplos hoy de esto, porque en ella se encarna y se expande la confusión de los géneros. La novela, sobre todo en su versión moderna, es en realidad una multiplicidad de géneros entremezclados a saciedad. En ella pueden entrar poemas o canciones, los lenguajes judicial, médico. La lista es infinita, porque la diversidad del mundo es infinita, como es infinito nuestro deseo de traducirlo en palabras. Pensemos en Bouvard y Pécuchet (1881), de Flaubert, en que dos amigos deciden probar todo tipo de experiencias, permitiendo a Flaubert desarrollar un interminable catálogo del conocimiento y el desconocimiento del mundo. La novela moderna aspira a inocular en sus venas la energía de todo el lenguaje que producimos. Es el género que representa hoy la “literatura” por excelencia. Es en realidad el mejor ejemplo de que todo el lenguaje que nos rodea, oral o escrito, puede ser, según cómo lo enfoquemos, materia literaria.
Además, hoy en día tiene éxito el género del ensayo. Pero ya al hablar de ensayo sentimos que nos alejamos de lo comúnmente llamado literatura. ¿La razón? Nos alejamos de la ficción. Históricamente, se asoció la ficción a la poesía porque la Odisea, la Eneida o la Araucana son inequívocamente ficciones en verso –lo mismo ha sucedido con el teatro versificado–; y porque, en la época moderna, se ha leído la poesía como la ficción de un “yo” lírico (como si alguien hablase sobre su vida) o, más cerca del simbolismo, como la voz misma del lenguaje –que se convierte así, extrañamente, en un personaje literario por sobre el “yo” lírico.
Pero leer no es sólo leer ficción. Una visión amplia de la literatura es todo lo que atañe a las “letras”. Así, toda escritura implica traducir el mundo en palabras y recrear, con el lenguaje, objetos, acciones, ideas, sentimientos. Esto sucede no sólo con la ficción. Desde ya, leemos cartas o mails (de hecho hoy es uno de los formatos de escritura más usuales). No olvidemos que existe en literatura el género epistolario (a los escritores decimonónicos, como a Stendhal, les encantaba imaginar cartas de enamorados). Asimismo, leemos manuales de uso, leemos recetas, leemos señalizaciones o leemos publicidad.
Tomemos otro ejemplo. Es evidente que también leemos la publicidad. ¿Cómo recuperar la publicidad cotidiana? Constituye ésta una serie de discursos, que, en principio inconexos, absorbemos e integramos en el día a día, sobre todo en el contexto urbano. Considerando que vivimos con ella queramos o no, si no puedes contra el otro, mejor únetele. Decimos esto con humor, para dar a entender que la masa de mensajes visuales y sonoros que nos rodean son un excelente material para la literatura y la lectura. La publicidad bien realizada puede trascender su objetivo comercial gracias a ideas ingeniosas, un tratamiento estético eficaz y un discurso sumamente cuidado, considerando que todo sucede rápido y que se debe captar la atención del público de inmediato. Así, el poeta chileno Manuel Silva Acevedo trabajó durante años en publicidad, donde se reconocía su capacidad para “apretar” el lenguaje.
Si todo lo que nos rodea puede ser literatura, la novela constituye uno de los mejores ejemplos hoy de esto, porque en ella se encarna y se expande la confusión de los géneros. La novela, sobre todo en su versión moderna, es en realidad una multiplicidad de géneros entremezclados a saciedad. En ella pueden entrar poemas o canciones, los lenguajes judicial, médico. La lista es infinita, porque la diversidad del mundo es infinita, como es infinito nuestro deseo de traducirlo en palabras. Pensemos en Bouvard y Pécuchet (1881), de Flaubert, en que dos amigos deciden probar todo tipo de experiencias, permitiendo a Flaubert desarrollar un interminable catálogo del conocimiento y el desconocimiento del mundo. La novela moderna aspira a inocular en sus venas la energía de todo el lenguaje que producimos. Es el género que representa hoy la “literatura” por excelencia. Es en realidad el mejor ejemplo de que todo el lenguaje que nos rodea, oral o escrito, puede ser, según cómo lo enfoquemos, materia literaria.
Octavio Paz y el mexicano
"Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: "al buen entendedor pocas palabras". En suma, entre la realidad y su persona se establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo."
Octavio Paz, El laberinto de la Soledad
Octavio Paz, El laberinto de la Soledad
Leer hoy
Narrar historias hace parte del ser humano desde siempre. Es la manera de hacerlo lo que ha ido cambiando. Con la aparición de la imprenta durante el Renacimiento, en muchas culturas la narración escrita ha ido acompañando o superando a la narración oral. Hoy, con la revolución digital los formatos han vuelto a variar y la narración con lenguaje es acompañada por imágenes y sonido. Tenemos la oportunidad de recuperar las posibilidades del mundo digital e Internet para desarrollar nuevas historias que apelen a múltiples sentidos en un tiempo preciso de narración. Podremos así, además, profundizar en el uso de herramientas tecnológicas que se vuelven, hoy, indispensables.
(Publicado en Aula Creativa, Santiago, junio de 2010)
(Publicado en Aula Creativa, Santiago, junio de 2010)
Don de la palabra
La humanidad, desde que posee el don de la palabra, ha intercambiado historias oralmente. Hay relatos que van pasando de generación en generación, de boca en oído. De hecho, muchos poemas antiguos, como La Odisea, se formaron a partir de la transmisión oral por parte de los recitadores, antes de cuajar en el papel gracias a la escritura. Pero fuera del papel, cuando una historia hace parte de lo que intercambiamos oralmente, conoce variantes. Una misma historia puede experimentar un número tan grande de variantes como existen personas para relatarla.
(Publicado en Aula Creativa, Santiago, mayo de 2010)
(Publicado en Aula Creativa, Santiago, mayo de 2010)
Banda sonora de un cuento
En el proceso de la lectura intervienen los cinco sentidos. Dependiendo de las capacidades del escritor y de nuestra imaginación podemos recrear el mundo que se despliega en las letras: olores, sabores, colores, texturas y sonidos. ¿Qué escuchamos cuando leemos un cuento?
En un relato, todos los sentidos intervienen, porque las palabras nos recuerdan sensaciones. Cuando leemos “está lloviendo” podemos sentir la humedad, el frío. Y, al mismo tiempo, el sonido del agua que cae y golpetea el techo que nos protege o su golpe blando al ser absorbida por la tierra y la hierba sedienta. Con sólo decir “está lloviendo” en nuestra imaginación la naturaleza se anima. Las palabras sugieren el mundo, y nuestra conciencia, a través de los recuerdos, las interpreta y recrea otro mundo. Es por esta razón que la literatura nos permite un “viaje inmóvil” a través de la imaginación. Nuestra imaginación sonora.
Es importante estar conscientes de lo que las palabras de un relato nos provocan. Podremos así descubrir lo que un cuento nos dice explícitamente al describir un sonido: “el agua golpea el techo con un ruido siempre diverso”. Además, estaremos atentos a lo que el cuento nos dice indirectamente: “llovía en el bosque” (en este caso, nosotros imaginamos cómo es ese sonido exactamente). O bien, a veces nuestra imaginación se echa a volar y, a partir de la simple mención de la lluvia, imagina una multitud de sonidos que serán diferentes en la imaginación de cada lector.
(Publicado en Aula Creativa, Santiago, agosto de 2009)
La tecnología para fomentar la lectura
Los lectores han cambiado. Ya no existe un lector exclusivo de libros, sino de diversos soportes, lo que exige una profunda transformación de las prácticas pedagógicas. Lo esencial es definir qué nuevos textos introduce la era digital y cómo aprovechar al máximo esta nueva forma de leer.
La web y las TIC invitan a leer y escribir, vuelven partícipes al conjunto de la comunidad escolar al intercambiar activamente. Ante las nuevas tecnologías, el individuo se transforma en un actor en el proceso de transmisión de información, y debe aprender no sólo a buscar la información, sino que también a generarla y hacerla accesible a otros con los medios actuales. En el espacio digital la lectura y escritura son enfocadas como un mismo gesto.
La era digital propone vías de comunicación escrita cotidianas e incluso instantáneas, como el chat o los blogs. Cada uno de estos medios de comunicación abre nuevas posibilidades de lectura a través de una manera diferente de utilizar el lenguaje. Aunque no se pueda exigir una escritura sistemática en un chat (iría contra su rapidez), sí se puede hacer en un blog, que corresponde de cerca a una publicación de prensa o a la novela por entregas. Los blogs por lo general son gratis y, además, de un uso simple. Por ello, incitemos a los alumnos a que organicen sus propios blogs, recordándoles la importancia de un castellano correcto para poder ser leídos por cualquier hispanohablante (en otros países).
(Publicado en Aula Creativa, julio de 2009)
La web y las TIC invitan a leer y escribir, vuelven partícipes al conjunto de la comunidad escolar al intercambiar activamente. Ante las nuevas tecnologías, el individuo se transforma en un actor en el proceso de transmisión de información, y debe aprender no sólo a buscar la información, sino que también a generarla y hacerla accesible a otros con los medios actuales. En el espacio digital la lectura y escritura son enfocadas como un mismo gesto.
La era digital propone vías de comunicación escrita cotidianas e incluso instantáneas, como el chat o los blogs. Cada uno de estos medios de comunicación abre nuevas posibilidades de lectura a través de una manera diferente de utilizar el lenguaje. Aunque no se pueda exigir una escritura sistemática en un chat (iría contra su rapidez), sí se puede hacer en un blog, que corresponde de cerca a una publicación de prensa o a la novela por entregas. Los blogs por lo general son gratis y, además, de un uso simple. Por ello, incitemos a los alumnos a que organicen sus propios blogs, recordándoles la importancia de un castellano correcto para poder ser leídos por cualquier hispanohablante (en otros países).
(Publicado en Aula Creativa, julio de 2009)
Dichos y refranes
Tanto dichos, refranes, parábolas como frases célebres son próximos. Es interesante distinguir sus matices para ayudar a identificarlos. Un dicho es una frase breve que resume una idea y que se usa oralmente –así, por ejemplo, decimos “de dicho en dicho” para señalar que algo va de boca en boca, circulando en el habla cotidiana. El refrán se distingue del dicho por su carácter repetitivo y su contenido moral. Un refrán es, en su sentido musical, un verso que se repite cíclicamente. Además, según el Diccionario de la RAE, es un “dicho agudo y sentencioso de uso común”; es decir, una enseñanza formulada con inteligencia (agudeza) y que todos utilizamos en nuestro hablar cotidiano. Tanto parábolas como frases célebres se relacionan menos con la oralidad. La parábola es equivalente al refrán, aunque en nuestra cultura esta palabra se suele asociar a ciertos relatos bíblicos que implican una enseñanza a través de una imagen. Las frases célebres se relacionan con quien las pronunció: fueron acuñadas por un político, por ejemplo, en alguna situación crucial. Proponemos trabajar de preferencia con dichos y refranes porque se asocian de más cerca con la transmisión oral del conocimiento.
Dichos y refranes transmiten aprendizajes que han viajado a través de generaciones. De una cierta forma, un refrán es una estatua hecha de palabras que ha sido forjada y limada a través de los años con la voluntad de volverla tersa al oído y precisa en su significado. Por esa misma razón, muchos refranes tienen la sonoridad rítmica y rimada de un poema o una canción, cual dos versos cortos que fácilmente se memorizan, como los conocidos “A quien madruga, Dios lo ayuda”, “Quien mal anda, mal acaba” o “A lo hecho, pecho”. Así, se originan las más de las veces en la oralidad (la gente al hablar los va fabricando) y son usados en el habla cotidiana. Son verdaderas figuras literarias de nuestro hablar cotidiano.
(Publicado en Aula Creativa, Santiago, mayo de 2009)
Leer y escribir van de la mano
¿Quién no ha sentido la tentación de escribir versos tras descubrir con emoción un vibrante poema? ¿O de convertirse en periodista de la propia realidad después de leer un reportaje interesante y apasionado? Si una lectura nos emociona, es normal querer prolongar ese goce estético generando uno mismo otro texto. Al responder así, descubrimos en la práctica cómo se forma la escritura y nos apropiamos del texto. Se nos revela que también podemos gestar el placer de una metáfora, de una investigación bien acabada y formular ideas propias. Cuando esto sucede, nos volvemos escritores: sabemos que crear con el lenguaje no nos está vedado.
Y este descubrimiento no se detiene allí. Se prolonga sin cesar a lo largo de la vida. Escribir es, en un primer momento, imitar otros estilos de escritura, inspirándose en ellos. Una vez que ya hemos descubierto la posibilidad de la escritura, nos será más fácil descubrir la variedad de estilos que proporcionan otros textos. Con los años, enriqueceremos siempre nuestro estilo con la interminable diversidad de personas que han plasmado y siguen plasmando un estilo propio en un texto. Para escribir hay que leer.
(Publicado en Aula Creativa, Santiago, abril 2009)
viernes, 7 de mayo de 2010
Lectura y formato
La lectura en este nuevo milenio se transforma a gran velocidad. Ha cambiado su soporte.
Si pensamos que hace unos siglos no había imprenta. Y que, cuando inventaron la imprenta, el libro fue por mucho tiempo un objeto de colección. El hijo de Colón, Hernando, hizo lo que pudo su vida entera para juntar cuanto se hubiese publicado. Es decir, no logró acumular más de 15 mil tomos. Si pensamos que la Biblioteca del Congreso de EEUU alberga hoy más de 31 millones de libros… Durante el siglo XX el papel inundó todo, amparado por vastos tirajes.
Hasta que apareció la computadora. Ahora el papel y la pantalla conviven alegremente. Aunque, en verdad, el papel puede quejarse de desamor: poco a poco perdemos el apego por sentirlo cerca. No se olvide que la lectura en papel no sólo pasa por el ojo: además es influida por el tacto y el olfato. En cambio, la pantalla es activa. Todo escrito puede estar linkeado con otro. Las palabras comunican en un caleidoscopio de ventanas. El lector se agita buscando más y más información. La lectura digital se ha vuelto un incesante revolotear en busca de informaciones.
El mejor ejemplo de lo que decimos es esto: este blog.
Leyendo la ciudad
La novela Martín Rivas, de nuestro compatriota decimonónico Blest Gana, genera un efecto de ansiedad -¡ganas de leer!- parecido al que se experimenta con El rojo y el negro, de Stendhal. Pero no nos hace viajar por el París de la Restauración realista, si no que por el mismísimo Santiago de la República Conservadora. Y nos invita, hoy, a leer sobre nuestra capital en esos años 1850. Todo era muy diferente. En el censo de 1865, la población de Santiago sólo alcanzaba 115 mil habitantes y en el Centro abundaban las casonas, como vemos en la foto de este artículo. Y sin embargo, muchos signos del pasado permanecen.
A ratos, pasamos por alto que vivimos rodeados por los símbolos de otras épocas, por los nombres de instituciones y calles, por los monumentos y las casas aún en pie. La arquitectura de una ciudad es un libro abierto, en el que se leen los trazos históricos de su formación. Esto, aunque nuestro sísmico país se desmorone y realce siempre. En las zonas rurales, asimismo, la traza del hombre sobre la geografía alberga historias y revela nuestro antiguo diálogo con el entorno.
Lectura celuloide
Los celulares se han convertido, para muchos (y en especial los jóvenes), en una extensión del cuerpo. Van pegados a la piel para sentirlos vibrar e interrumpen con sus llamados cualquier conversación. Son una manifestación cotidiana de la vida social privada. Además, sus funciones se multiplican. Hasta el punto de ser un material de lectura. Y sí. En Japón, país líder en estos menesteres tecnológicos, existen novelas que circulan vía teléfono móvil, llamadas “keitai” (que quiere decir “celular”). Van por entregas, de lectura rápida y tramas simples. Sus autores y sus lectores son jóvenes, lo que borra la frontera entre escritor y lector. En suma, es un excelente ejemplo de que la lectura se adapta y enriquece con la tecnología.
Acá, algunos artículos sobre cultura keitai en Japón:
Y aquí un reportaje sobre el libro digital.
Libros usados
Los libros usados son una solución. Al ser económicos, son un consumo cotidiano, como llegan el pan o la leche a la mesa (y no una inversión, ¡no son un mueble!). Además, los libros usados prolongan su vida a través de nuevos lectores. Y, sobre todo, permiten encontrar títulos de manera sorpresiva, a la vuelta de la esquina. En una librería de segunda mano no esperamos hallar un libro preciso: hay que saber acudir a ella abierto a todo tipo de sorpresas y con ganas de leer de todo.
Ya poniéndonos en la posición del librero, podemos citar un ejemplo conocido de librería que supo incorporar los libros usados a sus estanterías con gran éxito, al punto de montar diferentes tiendas de varios pisos cada una: la multitienda de libros Gibert Jeune, en Francia. Su éxito es tal que invadió todo el sector de la Fuente Saint-Michel, en París.
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